Las defensoras de Osona y el Maresme reflexionan sobre los frutos y las grietas de la
incidencia política institucional, la urgencia de proteger la tierra frente a la especulación
y la reciente campaña enfocada en los cuidados colectivos.
Con más de tres años trabajando en el proyecto Tejiendo redes de defensoras, una gira por las instituciones europeas, numerosas acciones y articulaciones con otros colectivos, Maria Ramos, integrante de ‘Ara o Mai per la defensa del territori’ y Ellêflane Cebrián, activista de ‘Preservem el Maresme’, retoman la palabra para hacer un balance del camino recorrido.
En marzo viajaron a Bruselas y pusieron sobre los despachos de las autoridades la impunidad corporativa y el impacto directo que la contaminación y el extractivismo tienen sobre la salud de las comunidades locales. Meses después, con esa experiencia reposada y tras un contexto estival marcado por olas de calor extremo y nuevas presiones urbanísticas, analizan contradicciones, comparten impresiones personales e invitan a mirar hacia adentro de las organizaciones para pensar por qué cuidar a quienes cuidan es inseparable de las luchas.
Más allá de los grandes discursos oficiales sobre la transición ecológica, cuál consideráis que es el asunto más urgente que España debe abordar hoy para proteger el territorio de forma real?
Elle: La zona agrícola. Creo que no solo hay que apoyarla presupuestariamente, que también, sino que es urgente preservarla. El suelo agrícola tiene que ser defendido como reserva natural, igual que los parques naturales. Todos esos campos de Lleida o las zonas agrícolas del Maresme deberían convertirse en reservas naturales de biodiversidad, porque no podemos perder el campo. Se ha comprobado que tanto las zonas naturales como las zonas agrícolas influyen en la formación de lluvias: a más árboles, más agua. Un estudio ha demostrado que donde hay vegetación –ya sean bosques o cultivos– aparecen ciertas bacterias en la atmósfera que provocan más lluvias que en las zonas áridas. Por lo tanto, la zona agrícola debe preservarse. Cuando se comprenda el valor fundamental y transgeneracional del suelo agrícola, veremos que vale mucho más que las zonas urbanizables.
María: Pienso que la prioridad debería ser el derecho a vivir en un entorno saludable para los humanos y demás seres vivos, y situar este principio en el centro de la toma de decisiones, no solo en el propio estado sino en todos los demás.
También sería clave analizar el coste económico que implica no actuar para garantizar ese derecho, contraponerlo con el gasto de dinero público –incluyendo el coste sanitario– y calcular la “inversión” estatal en medidas que destruyen biodiversidad y favorecen el cambio climático y la contaminación, en lugar de proteger el medio ambiente. Hace unos meses la organización Ecologistas en acción publicó que España gasta cuatro veces más dinero público en subvenciones perjudiciales para la biodiversidad y la salud de lo que destina a conservar la naturaleza.
El viaje a Bruselas ha sido un hito clave. ¿Qué verdades incómodas tuvisteis que poner sobre la mesa de los representantes europeos y hasta qué punto sentís que en esos despachos se entienden las urgencias reales de Osona o el Maresme?
Maria: Fuimos a exponer nuestras preocupaciones territoriales y a pedir interlocución tanto en las instituciones europeas como con la propia Generalitat, puesto que nuestros representantes políticos catalanes no han dado respuesta a la solicitud de abordar los problemas de salud asociados a la contaminación del aire en Osona, donde los menores de 50 años presentan un 20% más de problemas respiratorios que en el resto de la península.
La verdad más incómoda me la dio la propia delegación de Cataluña en Bruselas: nos encontramos con una capacidad de acción completamente encorsetada por sus propios objetivos políticos. Nos dijeron que su prioridad europea se centraba en conseguir fondos para vivienda pública y que en materia de cooperación solo tenían una partida para inversiones en Centroamérica, sin especificar de qué tipo.
Elle: Sí, cuando hablamos con la delegada catalana en Bruselas, expuso el tema de la vivienda –que es cierto que es una preocupación en Cataluña y en España–, pero lo planteaba desde una perspectiva igual a la de los intercambios que se hacen en el sur global, desde un punto de vista totalmente extractivo y desigual.
Realmente no sé si sienten igual de profundo que nosotras este respeto y esta necesidad de conservación de la naturaleza. Me gustaría pensar que los políticos que están al frente de estas áreas tienen esa convicción interna que nace de las entrañas, y que lo hacen lo mejor que saben.
Por lo demás, el viaje a Bruselas fue muy interesante por las personas y los organismos que conocimos, como Protection International, representantes de la Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea y del Foro Cívico Europeo. Allí pudimos observar también las limitaciones de los técnicos y trabajadores respecto de las decisiones políticas.
Maria: Fue muy productivo también el encuentro con representantes del Comité Económico y Social Europeo (CESE). Tuve la sensación de que hablábamos el mismo idioma, quizás porque está integrado por miembros trabajadores, pequeños y medianos empresarios, técnicos y representantes sindicales, en principio sin representar a ningún actor político. De ese encuentro salimos con una posibilidad real de hacer incidencia política desde la sociedad civil, aprovechando que el CESE es un órgano consultivo de la Comisión Europea y una de sus facultades es enviar dictámenes de propuestas para que la Comisión las debata y acepte.
¿Cómo impacta el trabajo colectivo en la defensa de la tierra? ¿De qué manera se traduce en el día a día de Osona y el Maresme el hecho de actuar como una red conectada y no de forma aislada?
Maria: Sin duda es clave la cooperación entre personas y entidades con este objetivo común. A día de hoy, parece que ha despertado un dragón de siete cabezas impulsado por el crecimiento urbanístico desmesurado (Polígono de Vic-Folgueroles y Polígono de Centelles), proyectos de turismo masivo en pueblos rurales pequeños (Parque temático con animales en Sant Sadurní d’Osormort), y planes de soberanía energética (PLATER) que amenazan con ocupar antes terrenos agrícolas que zonas ya urbanizadas o infraestructuras degradadas. Planes que, además, permiten que grandes empresas absorban ayudas europeas con fines puramente especulativos.
En Osona ya hace tiempo que entidades y personas vamos generando sinergias en diferentes frentes para actuar de forma conjunta a la hora de presentar alegaciones, difundir noticias, organizar debates y movilizaciones.
Elle: En el Maresme creo que las redes sociales y las pantallas nos han conectado, pero todavía no estamos realmente articulados. Sabemos agruparnos y reconocemos nuestros colectivos de pertenencia, pero no estamos trabajando plenamente en común porque la gente, individualmente, está muy cansada, quemada de su vida cotidiana y muy cansada del calor extremo que está haciendo en nuestra comarca. A diferencia de la lucha de los docentes, en la lucha ambiental todavía no estamos tan conectados como deberíamos; si lo estuviéramos, seríamos muy potentes. No sé cuándo se dará ese salto, pero llegará.
Habéis lanzado hace poco una campaña enfocada en los cuidados colectivos para sensibilizar y dar a conocer esta dimensión del activismo. Desde vuestra experiencia, ¿qué significa que ‘cuidar es un acto político’ y que ‘preservar los territorios es cuidarnos a nosotras mismas’?
Elle: Cuidar es un acto político, pero va más allá y se convierte en un acto de resistencia y de supervivencia. Este verano nos ha demostrado que no es posible seguir viviendo así. Mucha gente ha empezado a entender lo fundamental que es tener árboles para combatir el calor y proteger el entorno; ahora nos toca a nosotras recoger todas esas semillas que se han plantado y expandir la red. Cada ola de calor ha calado en la conciencia colectiva, y entender el cuidado como resistencia es la única vía para seguir adelante. El agua, la tierra y los ecosistemas no son recursos externos, son la trama de la que formamos parte. Defender el territorio es defender la vida que lo habita.
Maria: La política está en todo lo que decidimos hacer y, aunque nos pese, en todo aquello que no hacemos. Implicarse en estas luchas requiere un tiempo y una energía enormes; a menudo te topas con un muro, sientes soledad o sufres el desgaste de los momentos más intensos. Por eso escucharnos, respetarnos y apoyarnos es imprescindible. Cuidar la tierra implica cuidar también a quienes la defienden, y para mí es fundamental construir estos espacios desde el apoyo mutuo, la alegría y el estímulo colectivo. Porque no nos salvamos solas, la lucha es compartida y la solidaridad sostiene la red.